"EL ABUELO" LA HISTORIA DE NUESTRO PADRE JESÚS JAÉN POR ADOLFO GARCÍA ORTUÑO


"EL ABUELO"
LA HISTORIA DE NUESTRO PADRE JESÚS JAÉN.

Ilustraciones y Textos: Adolfo García Ortuño. 


Lamina 1.

"EL PEREGRINO".


Año de 1580, alrededores de Jaén, en una tarde noche, donde la lluvia caía intensamente y las gotas resbalaban por las verdes hojas de olivo, la base de los troncos acariciaban con mimo la espesa bruma que se dispersaba en el horizonte y un leve aroma aceite cubría los embarrados campos ya adormecidos.
A lo lejos se percibía una silueta desdibujada, que cada vez se apreciaba con más nitidez. 
Un abuelo caminaba entre grumos de niebla con paso flemático, mientras se oía las gotas romper en su viejo velo humeral oscuro, en su semblante, su rostro mostraba las arrugas talladas con el tiempo, mientras las gotas jugueteaban con su espesa barba y se ayudaba de un viejo bastón de madera de roble algo agrietado, para paliar su cansancio.
En la mano izquierda llevaba una vieja saca de trapo con algunas de sus pertenencias, seguía caminando entre el oscuro campo de olivos bajo la lúgubre melodía de algunos grajos que revoloteaban testigos de su paso acompasado y su mirada triste y blanquecina.
En un instante el abuelo levantó su cabeza para descubrir unos ojos que irradiaban cansancio e incredulidad, pues a lo lejos parecía divisar una tenue luz y un humo que salía de una vieja chimenea con bocanadas espesas de hollín, que parecían buscar un cielo gris y enlutado. 
El abuelo dibujó una leve sonrisa en su faz, se colocó el gorro del velo sin soltar su desgastado bastón y decidió seguir caminando en busca de aquel resplandor que pudiera dar descanso al cuerpo y paz al alma.


Lamina 2.

"EL CASERIO".


El abuelo seguía caminando con paso lento pero firme, sus zapatos notaban el peso del barrizal pegado a su suela y finalmente levantó su cabeza par comprobar que era una antiguo caserío del siglo XVI. Aquella casona rezumaba hedor a musgo podrido y ladrillo mojado, su puerta de madera astillada y vieja, tenía una pequeña chimenea por la que salía el humo blanco al exterior, en el centro un pequeño ventanuco casi roido por el tiempo, que servía para guarecer a los grajos en su letargo, para después de una larga ruta de vuelo.
Junto a la puerta pudo notar un tronco grande y húmedo, como reserva para calentar la estancia principal de la casa en esas noches de intenso invierno.
El abuelo se dirigió lentamente hasta llegar a la puerta, paró por un instante antes de llamar y exhaló aíre de sus viejos pulmones, al fin aquellas horas de andanza por las extensas campiñas parecían llegar a su fin, el hombre exhausto levantó su mano y con torpeza golpeó la puerta dos veces, los grajos que revoloteaban sobre su cabeza pararon de emitir graznidos.
Detrás de la puerta, parecía oírse un tosco cerrojo carente de aceite y acto seguido la vieja puerta comenzó a abrirse escupiendo lamentos y chirrIos procedentes de sus oxidados engranajes.
Un hombre medianamente joven salió y quedó algo confuso al ver una oscura silueta mojada en medio de aquella intensa lluvia.
No obstante, el hombre muy hospitalario hizo pasar al abuelo al interior de la estancia.


Lamina 3.

"EL HOSPEDAJE".


Los dueños del viejo caserío invitaron al hombre a entrar, el abuelo caminó hacia la estancia, con la mirada baja y paso torpe.
Por el ventanal entraba un brillante haz de luz, con algunas motas de polvo que iluminaba la sala, al frente una chimenea de piedra desgastada, unos leños crepitaban ardiendo y su pared cubierta de hollín, otorgaba un calor que el abuelo agradeció después de la larga caminata por las campiñas empapadas de agua.
El abuelo tomó asiento en una de las sillas de madera antiguas y los dueños de la casa junto a él. En la mesa había algunos alimentos preparados para la cena , algunas vasijas de barro y un mendrugo grande de pan.
El abuelo conversaba con ellos y les contaba su azaroso viaje por las húmedas campiñas, venía de muy lejos cansado y algo famélico, el tiempo parecía descargar su ira sobre esos olivos centenarios que bailaban al son del viento que arreciaba sin piedad.
La pareja seguían atentos a lo que el abuelo les contaba y se miraban entre ellos con cara de asombro.
La mujer se levantó de repente y le dijo...
-Le prepararé un puchero caliente, debe de estar agotado-.
El abuelo hizo una pequeña reverencia a la mujer , inclinando la cabeza despacio hacia delante, como signo de agradecimiento, mientras unía sus manos delante del pecho.


Lamina 4.

"LA CENA".


A la mañana siguiente, cuando aún la casa respiraba paz, en el exterior el canto del gallo anunciaba una nueva amanecida, el hombre cogió unos leños y encendió la chimenea, mientras la mujer servía un mendrugo pan humeante recién hecho y un poco de queso fresco.
En un instante la mujer comentó: 
-¿ Supongo que tendrá hambre?-
Por lo que el abuelo asintió con la cabeza, la mujer se levantó y le puso un puchero de caldo bien caliente sobre la mesa, un bol y una cuchara de madera. El abuelo no lo pensó y mientras dialogaba con ellos se puso a saborear aquel delicioso caldo humeante.
Sobre la mesa también había un mendrugo de pan recién hecho, tras ellos el fulgor de las llamas calentaban sus espaldas.
El anciano les comentaba algunas anécdotas de su largo y cansado viaje por los campos de Jaén, mientras saboreaba aquella deliciosa comida que le caldeaba el interior.
La pareja seguía con atención las explicaciones del abuelo mientras observaban su rostro agradecido por la hospitalidad de aquellos jóvenes.
En el exterior la lluvia golpeaba el cristal de la ventana como finas agujas y la luna buscaba cobijo entre las oscuras nubes. En la estancia, caldeada solo se oía al abuelo musitar y el crepitar de los leños ardiendo, con el chasquido de alguna ascua fugitiva.
Una vez terminada la cena el abuelo y la pareja se pusieron en pie y el hombre les dijo, que no tenía dinero para poder pagarles su amable hospitalidad, la pareja se miró entre sí y no dijeron nada.
El abuelo miró por la ventana y les invitó a salir a la puerta. 


Lamina 5. 

"EL TRONCO".


El anciano llevó a la pareja hasta la puerta de la casa, la lluvia seguía bañando los campos de olivos y un fulgor de luz resquebrajaba un cielo desgañitado y gélido.
Justo en la entrada el abuelo les señaló un tronco, algo húmedo y viejo y les comentó, que no podía pagarles por su hospitalidad, así que les rogó que subieran el tronco hasta su estancia, porque  podría tallar ese madero y realizar una imagen.
La pareja se miraron el uno al otro extrañados por la decisión del abuelo y ambos levantaron sus hombros en un gesto de incredulidad.
El anciano insistió en que lo subiera y la mujer le hizo un gesto de aprobación, el farol de la entrada empezó a parpadear iluminando  las empapadas y viejas losas del caserón, el frío y la ventisca movía el canoso pelo del abuelo y algunas gotas de agua empezaron a juguetear con su espesa barba.
El hombre entonces se agachó y suspirando intentó cargar el pesado tronco, pero este era demasiado grande, no obstante en un segundo intento lo cargó al hombro y se dirigió a la casa, a la que los tres entraron. 


Lamina 6.

"LA ESTANCIA".


El hombre subió cargando el pesado tronco por las estrechas escaleras del caserío hasta la planta superior, atravesó un patio y llegó hasta la alcoba, el abuelo le abrió la puerta amablemente y entraron en ella.
La habitación tenía un gran ventanal por donde la luz penetraba irradiando luminosidad, una cama con dosel de madera de roble y un escritorio antiguo con viejos manuscritos, por alguna de las grietas de la pared, el viento se colaba susurrando silbidos de agonía. 
El abuelo con paso tembloroso se adelantó y haciendo un gesto levantando su mano le indicó donde dejar aquel robusto y pesado madero. El hombre se acercó hasta el lugar con algún quejido y susurro de esfuerzo y soltó el tronco. De repente una cortina de polvo se levantó dando vida al haz de luz que atravesaba el ventanal. El hombre al incorporarse quedó algo exhausto del esfuerzo y comentó con voz temblorosa...
-¡Bueno pues aquí lo tiene!-
El abuelo lo miró por un instante e inclinó su cabeza hacia delante en signo de agradecimiento, el hombre lo miró, se sacudió el polvo de entre sus manos y ambos se dirigieron hacia la puerta donde la mujer les aguardaba. 


Lamina 7.

"EL ENCIERRO".


La noche había extendido su oscuro manto y la luna se guareció entre las nubes, la lluvia más débil, continuaba salpicando los ventanales con tintineo incesante. En la puerta de la estancia se encontraban hablando el abuelo y la joven pareja, algunos sonidos de truenos acompañaban la conversación entre ellos.
El abuelo con su candil en la mano les daba las gracias por subir aquel madero hasta su alcoba mientras les decía que pasaría la noche tranquilo y que por nada le molestaran. La pareja, algo extrañada se miraban entre si, sin entender bien los propósitos del anciano.
El hombre asintió con a cabeza, mientras la mujer sostenía sus manos unidas. Acto seguido el abuelo les dio las buenas noches
y con el candil se se dirigió hasta su estancia, cerró la chirriante puerta que escupía lamentos de sus oxidadas bisagras y la pareja se dio media vuelta para atravesar el patio y dirigirse a las escaleras que conducían a la planta inferior. 


Lamina 8.

"¡QUE EXTRAÑO!".


La luz atravesaba el ventanal principal de la estancia como hilos resplandecientes en la misma dirección.
Los dos se sentaron a la mesa el hombre arranco un pedazo del mendrugo del pan y se lo llevó a la boca, mientras la mujer lo miraba con una leve sonrisa en los labios.
El hombre en un momento de aquel desayuno comentó a la mujer
-¡Que extraño, el anciano no ha bajado de su habitación!-
La mujer lo miró y exclamó -¡Es temprano, dale tiempo!-   
Las horas pasaban, y la pareja cada vez estaba más intrigada.
El hombre volvió a exclamar:
-No es normal, ¿Le habrá pasado algo?-
La mujer puso su mano sobre la del joven e intentó calmar ese desaliento.
De repente el hombre se puso de pié, fue a buscar el viejo candil que se encontraba junto a la puerta y lo encendió.
-¡ Voy a subir a llamarlo, no entiendo como no ha bajado todavía!-
La mujer, se levanto del asiento, se sacudió las vestiduras de migas de pan y decidió acompañar a su esposo
para comprobar que el abuelo estaba bien.


Lamina 9.

"ESCULPIENDO".


La noche, poco a poco iba destejiendo su luctuoso velo de bruma por las húmedas campiñas.En el caserío, se iluminaba un pequeño ventanuco desde el exterior. Era la alcoba del abuelo, de donde salía un constante tintineo de sonidos en medio de un silencio sepulcral, donde tan solo el viento silabeaba suaves y agónicas melodías desafinadas y perdidas en entre las grietas de la pared.
En el interior, el anciano tenía ante sí, una hermosa figura a medio hacer, mientras a golpe de martillo y cincel iba moldeando aquella imagen de luz y elegancia infinita.
El pelo ya formado con rubias hendiduras de madera y barba realizadas a la perfección, su rostro esculpido como versos realizados a golpe de gubia.Su medio cuerpo mostraba un estilismo inmejorable y bien definido, con brazos delgados pero robustos a la vez. Aquella figura parecía que en cualquier momento pudiese cobrar vida, para mirar a su creador. 
El abuelo ya con mano temblorosa iba, tallando poco a poco y una letanía de virutas se agolpaban a sus pies como partituras desechadas.
El candil junto a la figura iluminaba parte del rostro de la imagen y la luz jugueteaba con sus rizos de madera dorada.Algunas gotas de sudor resbalaban por la arrugada piel del abuelo, mientras se las quitaba con la manga de su desgastada camisa. 
Cerca de la amanecida el abuelo ya esculpía las piernas de la imagen y una base de madera cuadrada como soporte de la imponente figura que había en tan solo una noche.
En el exterior ya con los primeros bostezos de luz acariciando las castigadas piedras de la fachada del caserío, el gallo entonaba sus átonas melodías para anunciar una nueva luz del día.   
En la estancia, ya solo reinaba el silencio y solo había un haz de luz que entraba por la pequeña ventana, con algo de partículas de polvo en suspensión provocadas por pequeñas virutas a punto de yacer en el suelo. 
La alcoba quedó enmudecida por completo.


Lamina 10.

"LA LLAMADA". 


A la mañana siguiente y viendo que el abuelo no daba señales de vida, la joven pareja decidió subir hasta la silenciosa estancia del abuelo y llamar a su puerta.
El hombre, tomó el candil en mano y pidió a la mujer que lo acompañara, se dirigieron a las antiguas y desgastadas escaleras que daban acceso a la planta superior, era un pasillo estrecho y de piedra, la luz del candil proyectaba la siluetas de sus sombras sobre las costuras de la gélida piedra, solo se escuchaba el eco de los pasos de la pareja y algún relámpago del exterior.
Una vez arriba, encararon el pequeño pasillo y se dirigieron al a puerta del la alcoba del anciano.
Se detuvieron y en ese instante el estruendo de un relámpago les hizo voltear a cabeza hasta el pequeño ventanal situado a sus espaldas, por el que ya entraba la luz del día.
Volvieron a mirar hacia la puerta y el hombre levanto su mano y golpeó la vieja puerta varias veces sin respuesta alguna. Así que decidieron empujar y abrirla de golpe. 


Lamina 11.

"EL APOSENTO".


La puerta se abrió, mientras algunas motas de polvo posadas sobre ella se esparcieron, la joven pareja dio varios pasos hacia delante y de repente se quedaron inmóviles al ver lo que había en la alcoba.
La luz que entraba por el ventanal de la estancia iluminaba una bella figura de madera, un Jesús realizado a la perfección con rasgos totalmente humanos, tenía el brazo derecho levantado y el otro por debajo y lucia una enagua, allí estaba majestuoso presidiendo la alcoba.
La pareja quedó totalmente sorprendida, se acercaron hasta ella y la iluminaron con el candil, aquella imagen parecía mirarlos con rostro sereno y tierno, no obstante, los jóvenes miraron a su alrededor buscando al abuelo, pero no había rastro de él por ningún lado, solo la impresionante figura en aquel aposento.
Los dos jóvenes, se miraron entre sí y al unísono se arrodillaron ante la imagen en signo de respeto hacia aquella sagrada figura. 


Lamina 12 última lámina y final de historia.

"JESÚS DE LOS DESCALZOS".


Y así a la figura de Jesús, se le denomina "El Abuelo".

En honor a aquel viejo peregrino, que con sus manos esculpió la imagen más venerada de la ciudad de Jaén. 

A ti Jesús, de dulce mirada cubierta de cicatrices
llevas tu cuerpo vestido con el frio hábito del dolor y tus hombros atormentados del crujir del pesado madero. 

El incienso es el perfume que denota tu presencia.

Déjame limpiar tus heridas con el lienzo de mi fe.

Ahora estas en el templo de piedra cálida y luz infinita.

El silencio teje melodías mientras reposas y escuchas las plegarias de quien se acerca a tu estancia en busca de tu regazo.

Jesús de los descalzos, Rey de Jaén y príncipe de nuestras oraciones. Que por siempre....
¡¡¡VIVA EL ABUELO!!!


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