El Nazareno: serlo y parecerlo. Por Joaquín Fernández Reyes.



         El Nazareno: serlo y parecerlo.
Joaquín Fernández Reyes
   

Está muy manoseado, aunque no del todo interiorizado, eso de que el hermano de luz, el nazareno, el penitente, es parte esencial en nuestras cofradías - sagrados titulares aparte -, pero pongámonos en que sí nos creemos este “axioma”, entonces cabría preguntarse si vestimos la túnica nazarena con el debido respeto, con el decoro con el que se nos conmina desde nuestras hermandades reglamentariamente, y desde las páginas de los inminentes boletines o anuarios informativos cuaresmales.

 

Es cierto que en los últimos años los cortejos nazarenos han ido mejorando, tanto en número, como en la compostura en el “revestirse”. Pero ello no es suficiente como para voltear las campanas, pues queda mucho recorrido por andar aún y mucho que depurar; siendo esto un deber de la persona que voluntariamente quiere participar en el desfile penitencial de su cofradía, así como de las juntas de gobierno en su labor formadora y de control por medio de las vocalías respectivas.

 

Es demasiado común, y no por ello deja de ser del todo inapropiado, ver a bastantes personas, camino de su sede canónica, sin vestir completamente la túnica, con el caperuz quitado - a cara descubierta -, lo que supone infringir uno de los puntos esenciales del penitente, que no es otro que el anonimato. Y esta mala praxis se acentúa cuando los mismos van acompañados de adultos en igual tesitura, siendo éstos los que debieran dar buen ejemplo a los más jóvenes. Y a estos podemos añadirle los que entran en un bar, o se les ve botellín en mano, o dejando - ¿cansados? - la procesión antes de que termine. Es verdad que estos tres últimos casos  son los que menos se dan - al menos en casi todos los días -, pero no dejan de ser ejemplos de flagrantes incumplimientos de ese decoro y respeto debidos a la túnica penitencial y a la propia cofradía.

 

Un nazareno ha de conocer las reglas de su hermandad; más aún, respecto de la uniformidad al salir a procesionar a la calle acompañando a sus titulares. Y esto podríamos resumirlo en los siguientes aspectos:

 

Que la penitencia habría de comenzar desde que se sale de casa, saliendo de ella de manera anónima y por el camino más corto hacia el templo, tanto de ida, como de vuelta. Pero si no se considera así, revestirse íntegramente en el templo y quitarse la túnica, en el mismo, una vez finalizada la procesión,  volviendo vestido “de paisano” al hogar.

 


Que el calzado adecuado, bajo ningún concepto, ha de ser el deportivo, sino el zapato oscuro, la esparteña, o la sandalia; o si así lo lleva aparejado la penitencia personal, ir descalzo. A una procesión no se va a ir cómodo, que para eso nos quedamos mejor en casa, con las zapatillas de paño y sentados a la mesa camilla. Se trata de hacer, al menos una vez al año, un pequeño sacrificio.

 

Limpia, plancha, revisa descosidos, sustituye telas desgastadas o descoloridas por el tiempo, ajusta bien el antifaz al capirote - que algunos parecen obispos mitrados, en el mejor de los casos, en vez de nazarenos -. Viste bien - por fuera y por dentro (limpia el alma en el sacramento de la Reconciliación) -, que vas a salir una vez al año con las imágenes que más quieres; ellos lo merecen. Nadie va a una boda sucio, en chándal o harapiento.

 

Es labor de las juntas de gobierno, como dije anteriormente, exigir todo esto explicando siempre desde la corrección fraternal, incluso si hay que reprender a aquellos que afean, deslucen y agravian al conjunto. Ya saben que en esta sociedad, donde todo se ve, todo se graba y todo se publica en las redes sociales, no falta la mala baba, y las actitudes cainitas e inmisericordes para ponernos en la diana y ser objeto de chacota y escarnio, de propios y extraños, tirando por tierra todo esfuerzo y labor valiosa y desinteresada. Sí, así somos. Una cosa negativa emponzoña todo lo bueno que se haya hecho.

 

Por eso la clave está en formar al nazareno en su ser esencial en la cofradía - sin obviar a los demás grupos, tan necesarios también, pero que hoy no nos ocupan -; hacer toda una labor de concienciación sobre lo anónimo de la penitencia, de que se es parte de un conjunto que se pretende armonioso en los estético y espiritual, de que el nazareno ha de ser obediente, silente, discreto y respetuoso con el hábito que se viste, por lo que ello representa, y que para no pocos será el que lo revista en el último adiós a esta vida terrenal.

 

 

Paz y bien.

 

 

 

 


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