“El Corazón del Acólito” por Lydia de la Chica Chamorro.
Servir desde el altar y desde la calle: el corazón del acólito.
En el silencio recogido del templo, cuando la luz se hace oración y el incienso eleva su aroma, hay manos jóvenes que sostienen con respeto lo sagrado. Son manos que no buscan protagonismo, sino sentido. Manos de acólitos. En ellas late una vocación sencilla y profunda: servir a Dios y a su Madre desde el altar y también desde la calle, poniendo el corazón en cada gesto. Porque todo —absolutamente todo— nace y vuelve a la Eucaristía, “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo” (Mt 26,26).
En esta palabra se encierra el centro de nuestra fe y, por tanto, el sentido último de nuestro servicio. El acólito no es un acompañante más; es servidor del altar y de la celebración. Su presencia no es decorativa, es necesaria. Ayuda a que la liturgia se desarrolle con dignidad, orden y belleza, para que el Pueblo de Dios pueda encontrarse con el Señor.
A vosotros, jóvenes que seguís en el camino, os toca custodiar lo sagrado con cariño y respeto. No es un “hacer por hacer”, ni una costumbre heredada sin alma. Es una respuesta. Es decir, como María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Servir es amar, y amar es darse.
La Eucaristía es presencia real. “Yo soy el Pan de Vida; el que viene a mí no tendrá hambre” (Jn 6,35). Cuando asistís al sacerdote en el altar, cuando preparáis el cáliz, el corporal o el misal, estáis colaborando para que Cristo se haga presente entre nosotros. Vuestro servicio ayuda a que el amor de Dios se celebre con la reverencia que merece.
Pero el acólito no sirve solo dentro del templo. También sale a la calle, acompaña a la Hermandad en las procesiones y anuncia públicamente la fe. Cuando camináis delante del paso, cuando abrís el cortejo, cuando escoltáis al Señor y a su bendita Madre, seguís sirviendo desde el mismo corazón eucarístico. La procesión es prolongación de lo que se vive en el altar: lo que se celebra dentro, se proclama fuera.Portar un cirial no es solo llevar una luz: es confesar que Cristo es la Luz del mundo. “Tu palabra es lámpara para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105). Esa llama que sostenéis, tanto en el templo como en la calle, es símbolo de fe viva, de esperanza que no se apaga. Vuestro caminar, vuestro porte y vuestro silencio hablan incluso cuando no se dice nada.
El incensario y la naveta elevan algo más que humo perfumado. “Suba mi oración como incienso en tu presencia” (Sal 141,2). El incienso representa la oración de la Iglesia que asciende hasta Dios, como nos recuerda el Apocalipsis: “El humo del incienso subió a la presencia de Dios, junto con las oraciones de los santos” (Ap 8,4). Cada balanceo cuidado, cada gesto bien hecho, es una catequesis silenciosa que enseña a rezar con el cuerpo y con el alma.
Por eso, el acólito ha de servir con respeto, silencio interior y amor. Porque lo que se toca es santo. Porque el altar no es un escenario, sino el lugar del Sacrificio y del Banquete. “Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Co 11,26). También en la procesión, vuestro servicio proclama esta verdad sin necesidad de palabras.
En nuestra Hermandad, ser acólito es escuela de vida cristiana. Es aprender a llegar temprano, a preparar con esmero, a obedecer, a caminar en orden y a saber estar. Es crecer en responsabilidad, humildad y compromiso. Es descubrir que servir no resta, sino que llena. “Vale más un día en tus atrios que mil fuera de ellos” (Sal 84,11).
Y junto a Cristo, siempre está su Madre. Servimos a Dios y a María, la primera servidora, la que llevó en su seno al Verbo hecho carne y lo ofreció al mundo. Ella nos enseña a guardar y meditar en el corazón (cf. Lc 2,19), a caminar con fe y a acompañar a la Iglesia con ternura fiel.
Que nunca perdáis la ilusión ni el asombro. Que cada vez que os revistáis para servir —en el altar o en la procesión— recordéis a Quién servís. Que vuestro cariño por la Hermandad sea reflejo de vuestro amor a la Eucaristía. Y que, como jóvenes acólitos, sigáis siendo testigos discretos pero firmes de una fe que se vive, se cuida y se celebra.Porque mientras haya acólitos que sirvan con el corazón, la Iglesia seguirá mostrando al mundo la belleza de Dios. Y todo, siempre, para mayor gloria suya y de su bendita Madre.


